5 diciembre, 2025 6:41 pm
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Por Yicela Villavicencio.- La danza folklórica es la materialización más rica de nuestra identidad. A través del movimiento de un bailarín, podemos leer su geografía interior: su andar, su aire, su forma de sentir, y en algunos casos, inclusive, sus orígenes. Un carnavalito no se baila igual en la Puna que en la Patagonia; una chacarera tiene matices distintos en Santiago del Estero que en Córdoba. Cada región guarda un código único, un elemento identitario que constituye su raíz regional específica. El verdadero sustento que preservará el folklore no se limita a los escenarios; su vitalidad depende de su arraigo en las aulas.

La ciencia del folklore —disciplina que estudia las tradiciones populares— nos invita a reflexionar sobre los espacios formativos y su rol en la construcción identitaria. En un mundo globalizado y digital, ¿cómo fomentar un sentido de pertenencia cultural? La respuesta puede encontrarse en modelos como el de la región de Andalucía, en España, donde el flamenco se ha incorporado como materia de estudio en algunas escuelas, cultivando desde la infancia un orgullo identitario que trasciende las efemérides. Otros países como México, India, Rumania, Perú, Brasil, entre otros, de manera diversa han incoporado sus bailes típicos y la enseñanza especifica de su cultura en la programación curricular. En el caso puntual de Argentina la Ley Nacional de Folklore aún no ha sido sancionada como norma federal, pero existe un proyecto en discusión que busca proteger y promover el folklore como patrimonio cultural.

Uno de los grandes desafíos es desterrar el prejuicio de que vivir del arte es imposible. Solo a través de una educación sistematizada que integre el folklore como saber valioso —con enfoque histórico, social y artístico— se podrá lograr una sociedad con más oportunidades y talentos desarrollados. Incluirlo en la currícula no solo enriquece nuestra cultura, sino que también democratiza el acceso al conocimiento de nuestras raíces, fomentando la creatividad y el pensamiento crítico. Desde la mirada del desarrollo humano, esta incorporación trae aparejada un aporte valiosísimo en la formación integral de los futuros hombres y mujeres de la nación.

El folklore vivo palpita hoy en los espacios de convocatoria popular: en las peñas, en los festivales de pueblo, en las rondas espontáneas donde los cultores se reúnen casi por instinto. Es en estos ámbitos, donde la cultura mantiene su esencia intacta, es a donde debemos poner la mirada y el apoyo. Es el caldo de cultivo del que surgirán las nuevas corrientes, siempre y cuando no olviden nutrirse de la savia original. En el Día de la Tradición y todos los días, honrar nuestro folklore no es un acto de nostalgia, sino una estrategia de desarrollo humano, que requiere ser repensada desde una planificación estratégica. Es entender que, para saber hacia dónde vamos, debemos conocer de dónde venimos. Es plantar banderas de identidad en un mundo globalizado, asegurándonos de que, al crecer, no olvidemos la tierra que nos sostiene.

Fuente: Ser Tribu Radio