Por Xavier Ferrera Peña.- El agua no solo entra a las casas. También entra en la conciencia pública. Se mete por las puertas, sube por las paredes, arrastra colchones, ropa, documentos, recuerdos, esfuerzo. Pero además deja al descubierto algo más profundo: quién está cuando hay que estar y quién elige mirar la tragedia desde la pantalla de un celular.
Las inundaciones provocadas por la crecida de los ríos Dulce y Salado dejaron a miles de familias santiagueñas frente a una escena brutal: perderlo todo. En esos días en que el barro reemplaza al piso, la angustia a la rutina y la necesidad a cualquier cálculo político, la sociedad no necesita relato. Necesita presencia. Necesita manos. Necesita decisión. Necesita estado.
Y el Estado, esta vez, estuvo. Está con el gobernador Elías Suárez, al frente de la asistencia, del acompañamiento y de la respuesta concreta en medio de la emergencia. Estuvo y está con funcionarios que dejaron el escritorio para pisar el terreno. Estuvo y está con intendentes. Estuvo y está con la intendenta capitalina Norma Fuentes, que también apareció donde debía aparecer: en el lugar incómodo, en la hora difícil, al lado de los que estaban sufriendo. Estuvo y está con organizaciones, con dirigentes sociales, con hombres y mujeres de la Iglesia, con tantos que entendieron que frente al desastre no hay lugar para la especulación ni para la comodidad.
Porque hay momentos en los que la política se prueba de verdad. Y no se prueba en una oficina con aire acondicionado, ni en una publicación cuidadosamente redactada para agradar al poder o para no incomodar a nadie. La política se prueba en el barro. En la calle anegada. En el barrio donde el agua dejó suciedad, olor, miedo y desamparo. Ahí se ve quién entiende para qué fue elegido y quién solo administra su imagen.
Por eso irrita, y mucho, la ausencia de algunos legisladores que tendrían que haber estado junto a los damnificados y, sin embargo, eligieron el camino más liviano: comentar desde afuera lo que otros hacen adentro. Hubo quienes se limitaron a replicar en redes sociales o por WhatsApp el trabajo ajeno, como si compartir una acción equivaliera a protagonizarla, como si publicar una ayuda fuese lo mismo que cargarla, como si subir una foto supliera la falta de presencia.
En ese espejo incómodo aparece con fuerza el nombre de Lelio Manzanarez. Porque en una hora crítica, cuando miles de santiagueños esperaban más que palabras, más que gestos digitales, más que simpatías circunstanciales, su presencia no se vio donde verdaderamente importaba: con la gente. Y eso, en política, pesa. Pesa más de lo que algunos creen. Pesa que un diputado no fue elegido para comentar la realidad desde la distancia. Fue elegido para representarla, para asumirla, para embarrarse con ella si hace falta.
No se trata de reclamar heroísmos teatrales ni escenas montadas para la cámara. Se trata de algo bastante más elemental: dar la cara. Estar. Acompañar. Hacer sentir al ciudadano que no fue dejado solo cuando el agua le volteó la puerta, cuando el río le mezcló la mugre con la pobreza, cuando la desesperación lo obligó a empezar de nuevo con lo puesto. La vara no debería ser tan baja que un simple posteo alcance para simular compromiso.
Y hay otra verdad que conviene decir sin eufemismos: a esos diputados ausentes también los sostienen los inundados. Los sostienen con sus ingresos flacos, con su esfuerzo diario, con impuestos que pagan incluso cuando apenas les alcanza para comer. De ahí salen las dietas, los teléfonos, los vehículos, los asesores, los privilegios de la representación. Por eso la indignación social tiene fundamento moral. Porque cuando el pueblo pone, el representante debe responder. Y responder no es tuitear. Responder es presentarse.
Todos saben, además, que hay lugares más cómodos que un barrio inundado. Que siempre será más agradable el agua transparente y las arenas blancas de una postal de descanso que el agua turbia y pesada que baja arrastrando mugre río abajo desde Tucumán. Siempre será más amable la distancia que el olor del desastre. Más confortable el refugio del poder que el contacto con la necesidad. Pero justamente ahí está la diferencia entre un dirigente de verdad y un dirigente decorativo.
El gobernador, Norma Fuentes y muchos entendieron esa diferencia. Por eso estuvieron. Por eso se los vio. Por eso su presencia fue un mensaje político tan fuerte como cualquier discurso: el Estado no podía borrarse cuando la gente estaba perdiendo todo. En una provincia golpeada, la presencia territorial no fue una formalidad; fue una obligación cumplida. Y cuando algunos cumplen, la ausencia de otros se vuelve todavía más ruidosa.
Lo de Manzanarez, en cambio, deja una señal preocupante. No por una cuestión personal, sino por lo que representa: una forma de ejercer la política sin cuerpo, sin barro, sin calle, sin riesgo. Una política pendiente de la validación, de la conveniencia, del movimiento correcto para quedar bien, pero no necesariamente del lugar donde duele. Y un diputado que solo aparece en el circuito cómodo del poder o de las redes termina siendo eso: un diputado del algoritmo, no de la gente.
Santiago del Estero no necesita representantes especializados en comentar lo que hacen otros. Necesita hombres y mujeres públicos capaces de estar donde la realidad aprieta. La tragedia de las inundaciones dejó dolor, pérdidas y familias enteras tratando de recomponer su vida. Pero también dejó una enseñanza política que no debería pasar desapercibida: cuando el pueblo cayó al barro, algunos bajaron a levantarlo y otros prefirieron quedarse con el celular en la mano.
En tiempos de desastre, la investidura no se mide por el cargo ni por la foto oficial: se mide por las botas llenas de barro. Y entre el que se embarró con su pueblo y el que eligió la comodidad de las redes, Santiago del Estero ya sabe perfectamente a quién vio y a quién no.
Fuente: Nuevo Diario
