31 mayo, 2026 4:35 am
discapacitado andis

Por Xavier Ferrera Peña.- La explicación oficial sobre la disolución de la ANDIS combinó dos ideas: “reorganización”/“eficiencia” y reacción ante irregularidades detectadas en el área.

En términos institucionales, el anuncio consolida una secuencia previa: intervención del organismo en 2025 (con designación de interventor) y, ahora, su desjerarquización como agencia con conducción y estructura propias para pasar a ser un área dentro de un ministerio.

La discusión no es solo administrativa. En discapacidad, el “cómo” se organiza el Estado define velocidad, acceso y garantías:

La ANDIS no es una oficina cualquiera: articula certificación (CUD), políticas de inclusión y el entramado de acceso a prestaciones y apoyos. Su propia misión pública se describe como la de “elaborar y gestionar políticas públicas para promover derechos e inclusión”.

La absorción por Salud tiende a “sanitarizar” un campo que, por estándares internacionales y por la práctica de derechos, se aborda también desde accesibilidad, educación, trabajo, transporte, vida independiente (no solo clínica).

En ese marco, el cierre aparece para muchas organizaciones y especialistas como un retroceso institucional: menos capacidad de coordinar políticas transversales y más riesgo de que la agenda quede subordinada a urgencias sanitarias generales.

El anuncio del cierre quedó pegado al escándalo que detonó en 2025: una investigación judicial que se originó tras la difusión de audios atribuidos al ex titular de ANDIS, Diego Spagnuolo, donde se describe un presunto esquema de sobornos y se menciona a figuras del entorno presidencial. Reuters informó que la Justicia investigaba el caso y que los audios implican a Karina Milei, aunque el Gobierno no confirmó la autenticidad de las grabaciones.

Chequeado, por su parte, relevó qué sostuvo la fiscalía y el expediente a partir de esa filtración, en un proceso que siguió sumando medidas y derivaciones políticas.

Punto clave (periodístico y legal): Hoy lo comprobable es que existe una causa/investigación y que la mención a Karina Milei aparece en denuncias y publicaciones sobre audios atribuidos a un exfuncionario; eso no equivale, por sí solo, a una culpabilidad probada.

Hay dos “universos” masivos (con superposición parcial) que dimensionan el impacto:

  • Certificado Único de Discapacidad (CUD)

Más de 1,9 millones de personas tenían CUD vigente (dato oficial a marzo de 2025).

  • Pensiones No Contributivas (PNC)

En mayo de 2025, había 1,75 millones de beneficiarios de PNC; dentro de ese total, la PNC por invalidez alcanzaba a 1.189.180 personas (≈ 1,2 millones).

Cómo leer el número real de afectados: no se puede sumar linealmente CUD + PNC porque mucha gente está en ambos sistemas. Aun así, la medida toca un piso de millones de trayectorias cotidianas: trámites, auditorías, transporte, cobertura de apoyos y continuidad de prestaciones.

Aunque el Gobierno dijo que la absorción no implicará baja automática de pensiones, el riesgo operativo y de garantías existe:

Más demoras en CUD (altas/renovaciones), juntas evaluadoras, turnos y derivaciones, por reacomodamientos internos y cambios de circuitos.

Mayor discrecionalidad territorial: si la coordinación nacional se debilita, crece la lotería provincial/municipal.

El CUD habilita, entre otros, cobertura de prestaciones del sistema de apoyos y transporte público nacional gratuito. Si se enlentece o se vuelve más restrictivo, se corta lo cotidiano: ir a rehabilitación, escuela, trabajo o controles médicos.

El período 2025 ya estuvo marcado por polémicas públicas sobre criterios y lenguaje estatal en discapacidad, y por tensiones políticas alrededor del financiamiento del área.

En ese clima, el cierre de ANDIS puede leerse como otra pieza: menos institucionalidad específica + más auditorías + mayor poder concentrado en una estructura ministerial.

ANDIS no es solo diseño de políticas: también es parte del ecosistema de control y auditoría en un universo con alto gasto público y alta vulnerabilidad. Tras un escándalo de presunta corrupción, el Gobierno puede argumentar “centralizar para controlar”. Pero el contraargumento fuerte es: si el problema era corrupción y captura, la respuesta lógica sería fortalecer capacidades de control y transparencia sin borrar la institucionalidad de derechos que ordena el sistema.

El cierre de la ANDIS no es una simple mudanza de organigrama: es una señal política sobre qué lugar ocupa la discapacidad en la agenda del Estado. Cuando un organismo creado para garantizar derechos se disuelve y sus funciones se “absorben” sin un plan público detallado, lo que queda no es eficiencia, sino incertidumbre: trámites que se demoran, prestaciones que se traban, familias que vuelven a empezar de cero en ventanillas distintas, y una vida cotidiana que se encarece en tiempo, plata y desgaste emocional.

En un país donde millones dependen del CUD y de pensiones o apoyos para estudiar, trabajar, trasladarse o sostener tratamientos, la desaparición de una agencia especializada puede convertirse en un apagón silencioso: no hace ruido en el centro del poder, pero se siente en cada casa donde la inclusión se juega en lo concreto. Y si, además, el cierre ocurre en el mismo clima en que se investiga una trama de presuntas coimas alrededor del área, la pregunta que queda flotando es incómoda pero inevitable: ¿se corrige lo que funcionaba mal o se desarma lo que protegía?

Porque cuando el Estado se retira de la discapacidad, no desaparece el problema: se traslada. Pasa a la espalda de las familias, a la caridad, al endeudamiento, a la informalidad, a la resignación. En el tablero de la política puede parecer una reestructuración; en la vida real, para muchos, puede ser la diferencia entre tener un derecho y tener una promesa.

Fuente: Nuevo Diario