4 abril, 2026 1:34 am
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Tony Villavicencio

Habiendo vivido más de sesenta y siete años  y sin nunca haberme apartado del mensaje serio y comprometido con  la sociedad,  la democracia me ha  permitido distinguir una secuencia tipológica de categorías que solemos mezclar sin rigor. Cinco  palabras, cinco  perfiles, cinco  riesgos, cinco desafíos con la que seguramente mis lectores alguna oportunidad me calificaron. Boludo, Pelotudo, Necio, idiota o Cínico.

Comprobar que me  mientan que difundieron por la radio una de mis notas de opinión, no es porque me crean un boludo sino porque estoy diciendo en el mensaje como un pelotudo alguna verdad  que incomoda a los intereses de los patrones del locutor.   

En un mundo donde, ejercer el periodismo con honestidad, y publicar la verdad en un periódico. De boludo me  ascendieron  al rango de pelotudo  aunque en mi edad ya no hay  inocencia, el boludo es una excepción empero a mi edad  ingresamos a la etapa de la  idiotez, es el que ve sin mirar, las venturas y desventuras que lo circundan.

El apelativo de pelotudo suele emplearse como insulto, pero el boludo nos produce una secreta envidia, porque me reconozco no inocente y me gustaría serlo. Por esta razón a veces le adosamos un especial calificativo, cuando algunos me dicen que soy un  “boludo alegre”. Y no es cierto, no es alegre, porque en la carrera de los boludos no me distraigo escarbándome  el ombligo y aunque me nieguen, por hacerme el boludo, nadie me gana.

Hay sabios que lo hacen y abandonan carreras, pero a sabiendas esto de la boludez, que parecía tan simple, se me está complicando! Lo soluciono de modo lacónico: el boludo no puede ser feliz porque ignora la felicidad; no me pregunten por qué, no podría responder, no trato de hablar de esa esquiva sensación.

 El goce del idiota me es ajeno como a cualquier no boludo, a menos que… Cuando los boludos tomen la palabra quizá podamos enterarnos de algo más, y finalmente me terminan diciendo es tan vulgar el boludo de Tony mira la pelotudeces que está informando.

 Sucede que asociamos a esa condición la idea de felicidad paradisíaca, formados como estamos por la Biblia, ya que el boludo alegre por antonomasia fue Adán, antes de que Eva apareciera en su horizonte y con ella, la conciencia dilemática, por amarse y pegar sus cuerpos perdió la inocencia y también perdieron el Paraíso.

Cuando la vida nos pesa, añoramos esa antelación. Lo supo el político más hábil que tuvo la humanidad: poniendo del revés la secuencia ante la masa de acólitos, colocando el Paraíso como afortunado destino, dicen que dijo en un sermón: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

Reducido a una frase, sería como decirle a alguien: “No te hagas el boludo, cuando te dimos al rango de ¡pelotudo!”. Y me viene a la memoria a  quien todos lo ven como un pelotudo, porque es bonachón generoso cuando en realidad es un tipo especial; que sin ponerle énfasis  con el ejemplo te enseña a ser buena persona y algunos lo tildan de  pelotudo cuando realmente es una estratagema propia de su pelotudez,

El necio, en cambio, es un obcecado con su pelotudez. Incapaz de conciencia socrática, convierte la banalidad en creencia y declama pelotudeces como verdades consagradas, a riesgo de cometer estragos. Mientras el pelotudo es inofensivo, el necio ofende, pero si le discutimos corremos el riesgo de colocarnos en posición simétrica, ventilando secretas necedades; en esto encuentro la inteligencia del refrán que contrapone oídos sordos a palabras necias.

Cuando la convicción del necio adquiere mayor relevancia, desemboca en el fanatismo. Fanático es quien, enarbolando como cualidad su propia limitación, apunta a la militancia social. La necedad es personal, el fanatismo ama lo masivo.

 Milei, con su creencia fanática que en el estado lo más importante es el mercado- Es  un  necio que congrega boludos  Porque el necio libra con unción su guerra individual, pero llegado al fanatismo se embandera con su “causa” e incita a los boludos con falsos argumentos.

A diferencia del necio, el cínico es un hábil fullero; eso lo convierte en adversario difícil. Sin ignorar las limitaciones de su posición pero diestro en retórica. Provocar  ese efecto de modo involuntario, cuando para el cínico es deliberado; no hay cínico sin un coro de necios, su estrategia los necesita. Muchos de los “comunicadores sociales”, ni qué decir los políticos, son cínicos que cultivan la necedad de sus seguidores. Y cuando los necios creen estar al comando de una creencia, los cínicos celebran.

¿Podríamos aspirar a una sociedad sin este cuarteto tipológico? Sería la sociedad perfecta, pero es impracticable. Somos humanos y por serlo no estamos exentos de lo antedicho, aunque tampoco estamos impedidos de advertir que día a día nos movemos entre una caterva de boludos, pelotudos, necios y cínicos, y entonces cabe preguntarme, qué lugar ocupo en la sociedad de Monte Quemado y  ¿Quién soy?” donde los boludos ignoran, los pelotudos, resisten, los necios niegan y los cínicos gambetean.