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Monte Quemado es hoy una ciudad cuya planificación urbana ha quedado rezagada frente a un crecimiento acelerado y, en muchos casos, desordenado. Esta expansión ha generado una marcada segregación socioespacial y ha puesto en evidencia limitaciones estructurales, especialmente en materia hídrica, que se traducen en problemas recurrentes como anegamientos e inundaciones en distintos sectores.
La realidad cotidiana lo refleja con claridad: desagües a cielo abierto, como el de calle Mitre, arrastran residuos frente a las viviendas, comprometiendo la salud de los vecinos. Situaciones similares se observan en el desagüe de Balconera, que alterna entre tramos canalizados y zanjas precarias, o en el paso a nivel norte, que cada vez que llueve se convierte en una verdadera laguna durante varios días.
A esto se suma la persistencia de terrenos baldíos, el avance de monte tupido que muchas veces oculta basurales, y la proliferación de alimañas, una problemática que se acentúa en los barrios periféricos. Allí, incluso días después de las lluvias, las calles permanecen anegadas, transformadas en verdaderos pantanos. El croar de sapos y ranas, junto con la presencia constante de mosquitos, afecta la calidad de vida y la salud de los habitantes.

Sin embargo, es necesario comprender que esta situación no puede atribuirse únicamente a la actual gestión. Las deficiencias en la planificación urbana y en la infraestructura hídrica son consecuencia de decisiones —o de la falta de ellas— tomadas a lo largo de años. En ese sentido, resulta importante destacar que la actual administración municipal, encabezada por el intendente Felipe Cisneros, ha comenzado a implementar medidas orientadas a revertir esta realidad.
En menos de dos años de gestión, y con el acompañamiento del gobierno provincial, se ha ejecutado la primera etapa de una obra hídrica y vial de gran magnitud, que incluye la pavimentación de 40 cuadras y la construcción de un canal revestido de 500 mm. Estas acciones forman parte de un plan integral que busca recuperar la viabilidad de la infraestructura urbana y proyectar un crecimiento más ordenado y sostenible.
La situación actual de Monte Quemado invita a una reflexión más profunda: toda ciudad es el resultado de su historia. Y lo que hoy se observa es, en gran medida, consecuencia de un pasado en el que no se planificó con visión de futuro. El desafío, entonces, no solo es resolver las urgencias del presente, sino también sentar las bases de una ciudad pensada para las próximas generaciones.
