Yicela Villavicencio, columnista de El Municipal Web, publicó en su cuenta de Facebook un posteo que merece ser compartido con los lectores:
La gratitud jamás camina junto a la indiferencia. Es imposible pronunciar un «gracias» genuino cuando la corporalidad —ese territorio donde la verdad no logra fingirse— manifiesta exactamente lo contrario. Decirse agradecido exige una alineación profunda: la coherencia entre lo que expresamos, lo que ejecutamos y lo que nuestro cuerpo sostiene habla, en un lenguaje silencioso, de cómo habitamos nuestro ser.
Querer ser estrella ignorando el firmamento que nos contiene es la trampa del ego. Es olvidar a quienes nos precedieron, a los que limpiaron la maleza y trazaron la ruta para que hoy pisemos tierra firme y gocemos de las posibilidades que nos abren la vida. Comprender este orden es propio de almas en constante expansión. Muchos aún se limitan a repetir palabras prestadas; escuchan el eco de la coherencia, pero no la encarnan.
Sin embargo, ser fieles a lo que pensamos y sentimos conlleva un saldo inevitable de dolor. La coherencia no siempre busca complacer: nos exige la valentía de trazar límites claros, tomar distancias necesarias, elegirnos con madurez, autovalorarnos y abrazar nuestros principios con firmeza. A veces, la mayor muestra de coherencia y dignidad es saber retirarnos en un silencio elegante, sin estridencias.
Se trata de habitar plenamente lo que sentimos, otorgándonos el tiempo sagrado que todo proceso de integración requiere.
Honrar a quienes llegaron antes es el pilar de la pertenencia y el origen. Tuvieron que estar ellos antes para que hoy podamos estar nosotros aquí. Y es precisamente allí, en ese reconocimiento humilde del camino heredado, donde la gratitud deja de ser un discurso y se convierte en un estado del alma.
